martes, 3 de octubre de 2017



DEJADME CANTAR LA COMPASIÓN

     
Yo no soy analista político. Mi inteligencia de nivel medio no me permite sentar cátedras con sesudos diagnósticos de psicología social, comportamientos colectivos sociopolíticos, tendencias de opinión electoral, ni mucho menos tengo todo claro en esta vida. En este mundo tan complejo y tan diverso, donde la ley de contrarios es patente en una dialéctica continua, que te obliga a tomar partido por uno de los polos. En una sociedad multifocal, multicultural, basada en la diversidad ideológica y referencial, se produce un fenómeno de “fractalización” de la realidad objetiva, que no llega a ser nunca objetiva porque los agentes que la describen y los medios que utilizamos para hacerlo están mediatizados por las coordenadas culturales y sociopolíticas e ideológicas. En una sociedad y un mundo como éste la posición del corazón parece ridícula. Por ello reivindico el lugar de la compasión como arma de lucha política. Y no sólo en el aspecto del talante místico que proclamaba Buda, sino como discurso y herramienta para enfocar los conflictos que inevitablemente existen cotidianamente, tanto a nivel doméstico como colectivo.
Así pues, en estos días históricos que estamos viviendo en la piel de toro ibérica han vuelto los antiguos demonios; una vez más los garrotazos que tan metafórica pero acertadamente plasmó Goya en uno de sus cuadros negros, se enseñorean en los campos y ciudades. La cainita tensión no resuelta en este país, estado de diversas culturas forjadas en procesos lentos y convulsos, tensionados por decisiones políticas que se apoyan en símbolos e imaginarios colectivos que forman parte de un universo de mitos, hechos históricos que devinieron en verdades dogmáticas que se aceptan sin análisis crítico, y toda una serie de elementos conformadores de dudosa raíz histórica que parecen sostener posicionamientos nacionalistas de todo tipo. Y es que en España, no sólo en el ámbito político sino en el religioso, hemos construido una visión del pasado forjada en un fuerte componente mítico, donde las hagiografías y las leyendas épicas y maravillosas han tomado el lugar de la veracidad histórica, mucho más anodina, cruel, compleja y variopinta. Y en ese proceso ha sido fácil componer discursos manipulables por el poder de turno que utiliza la Historia como recurso de justificación de su praxis, tanto en el  político como en el religioso. De esto hay muchos ejemplos que no vienen a cuento ahora. Pero sí impresiona ver cómo conceptos como Patria, Bandera, Constitución, Democracia, Estado, Territorio, etc., entran en juego en determinados tiempos de crisis colectiva. Se convierten en huesos que el poder arroja a la jauría del pueblo para que los muerda y se pelee por ellos.
                Me parece muy loable que los pueblos tengamos señas de identidad comunes que nos unen como grupo, factores culturales que han contribuido a la creación de un legado patrimonial impresionante a lo largo de los siglos, tanto de índole material como inmaterial. Pero no me doblego a aceptar determinadas tradiciones que se basan en conceptos-símbolos que se han convertido en dogmas indiscutibles e infalibles del discurso oficial, admitidos por la inmensa mayoría. Sobre todo porque estos “artefactos ideológicos” se han transformado en elementos de sometimiento y en armas arrojadizas de combate para la exclusión.
Así las cosas, me declaro anarquista compasivo.  No admito banderas, de ningún color ni número de bandas, pues simbolizan lo que nos convierte en parte de un territorio, alentando odios y exclusiones: como si una parte de la tierra fuera mejor que la otra, cuando las fronteras no existen, y sólo existen seres humanos llamados a la unidad dentro de la diversidad. Lo mismo que en su momento defendí la objeción de conciencia al militarismo y al uso de las armas, objeto ahora de los sacrosantos símbolos que llevan al odio y la violencia; objeto al cruel talante del poder de las derechas o las izquierdas que ponen las ideologías por encima de la humanidad. No me gusta que me obliguen a posicionarme con discursos llenos de violencia exclusiva por el hecho de que te consideren de una determinada tendencia política. Me apena ver una vez más que el único método de solucionar los problemas sea la fuerza y la sinrazón del garrotazo goyesco. No puedo, no aguanto, no lo soporto. Ver la imparable tormenta de odios y descalificaciones; ver las obtusas posiciones a ultranza para defender símbolos que no ayudan a converger para construir, sino a generar violencias de la eliminación del otro, del distinto, del situado en la otra parte de la línea “imaginaria” fronteriza.
Sí, me declaro anarquista compasivo: no quiero que nadie me acoja bajo su bandera coloreada, ni bajo su poder de crueldad que se apoya en pies de barro del discurso histórico manipulado y falso; no quiero ser cómplice de las estrategias de luchas de exclusión. Dejadme creer en la utopía compasiva que abraza, aúna, comprende, ayuda a crecer en solidario abrazo, como decía aquella canción “con tu puedo, y mi quiero, vamos juntos compañero”. Así, con la mente abierta a los tiempos en los que superemos la reducida visión del terruño patrio, (mi pueblo, mi tierra, mi región, mi nación…). Abiertos de mente y sobre todo de corazón. Construyendo futuro de mujeres y hombres que construyen su historia a partir de la Verdad y no de los trampantojos de la Historia. Perdonad mi franqueza, pero mi compromiso histórico con la Justicia y la Paz pasa por la Compasión y la poesía.
C.Pacheco

3 octubre 2017

martes, 8 de agosto de 2017


EL POTRI

       Nada de lo que aquel pastor contaba me sorprendía. Nada. Y no porque supiera de antemano lo que aquel relato iba a traer de sorprendente, dejándome llevar por las sensaciones más perentorias de un viajero en la montaña. No. A medida que desgranaba su historia, aderezada de palabras recias, palabras fuertes, palabras llenas de viento y lluvia, me acudía como un torrente a la memoria la imagen de aquel Perseo de la pintura, el artista forjado en el arrullo embriagador de la Floresta, en los páramos y marjales, lagunas y elevados picos de accidentado perfil. Era ésa precisamente, y no otra, la inexorable evocación que mi mente de urbanita provinciano se atrevía a dibujar mientras el anciano sabio de las cañadas oscuras se abría en canal con su elocuencia atávica. 
       Y fue ese pintor de mis recuerdos, Ojea conocido para el vulgo mortal que aquí penamos, el que pronto se encumbró en olímpicos montes de los elegidos. Sólo en el Parnaso de los artistas tienen cabida los genios creadores. Los que toman la realidad como pretexto para escribir versos con pinceles, Ut pictura poesis. Que si la vida eclosionada en un millón de formas tiene un sentido, éste se comprende por la capacidad de observar lo que tenemos. Y Ojea sabía ojear, precisamente, porque su mirada de avezado ornitólogo, le había permitido enfocar sus acuarelas con un objetivo de vida. No eran sus dibujos ni pinturas meras ilustraciones para exornar páginas de libros sobre naturaleza. Cada una de sus obras era un alegato por la belleza de lo creado, la multiforme expresión de la más preciosa de las canciones: la del universo. Así, en un lince, un águila, un petirrojo o en la nutria que plasmaba con sus pinceles se reunía la generosidad con la maestría. Y la refinada técnica del dibujante y pintor se sustraía a la más elevada lección de humildad. Quien aprende a mirar el mundo como un poema, lleva la belleza en su alma. 
       Ojea, el Potri para los amigos, fue un eremita en medio de las utopías perdidas. Fue un profeta de la natura arcádica, de los paraísos sometidos a la especulación del vil metal. Pero fue ante todo, un honesto defensor de la vida, y hasta en sus últimas vivencias de dolor, la muerte parece que jugó su partida de ajedrez con el caballero. Recuerdo que en los años de jovialidad adolescente compartimos momentos y vivencias, donde siempre se explayaba con irónico gracejo en pos de las luchas por la supervivencia del tan amenazado ecosistema.
     No creo que Ojea sea un artista en celestiales instancias que vaya a dejar su vocación. Allí plasmará con su más bello pincel el brillo de estrellas fulgurantes; y una noche, cuando miremos el infinito firmamento, una luz nos guiñará un parpadeo y allí estará el Potri con su mejor sonrisa, esa que siempre tuvo y que ahora nos acompaña. Hasta siempre viejo amigo. 

C.P.
Agosto 2017



domingo, 1 de enero de 2017

Maniquíes de fin de año.
Soñamos todos los fines de año que el nuevo  será mejor. Es como esperar a que pase un tren por un desierto donde no hemos colocado raíles para que pueda circular. Estamos tan acostumbrados a confiar en los hados para que nos resuelvan las cosas que hemos perdido capacidad de afrontar con realismo la vida. Ver la vida con ojos reales no es negar la imaginación ni la intuición, ni mucho menos desechar la condición espiritual del ser humano. Pero tal y como nos están tocando la sinfonía en nuestra sociedad capitalista trasnochada, la armonía brilla por su ausencia. Ya no hay notas que nos lleven a estados  de emoción  elevados por la belleza de las artes; ya no se vive la realidad del día consciente de que somos actores de la historia con capacidad para cambiar nuestros destinos colectivos e individuales. Hemos llegado sin más a hipotecar nuestro libre albedrío  dejando que los poderes de este mundo actúen por nosotros. Y todo eso nos parece bien. Porque la violencia, la guerra, la venta de armas, el empobrecimiento de los excluidos y de los trabajadores, el rechazo de los exiliados y refugiados por  causas de la ambición y la intolerancia, por la hipocresía de las potencias de occidente que se lamentan de las guerras latentes o explícitas de carácter regional mientras las multinacionales que apoyan a esos gobiernos del euro, del dólar o la libra venden esas armas y hacen pingües fortunas a costa de la sangre y la vida de cientos de miles de personas, que son nada, sólo cifras en telediarios. Por lo que no se guardan minutos de silencio, ni nos echamos las manos a la cabeza como cuando ocurre en el corral europeo o americano. La alteridad, el odio y el miedo al otro, a los fundamentalistas islámicos,  canalizan bien las insatisfacciones de nuestras frustraciones occidentales. Ya ha pasado muchas veces en la Historia, los chivos expiatorios son un buen recurso de catarsis colectiva, sobre todo si hay víctimas.
Los fines de año, como todos los ritos de paso y de integración colectiva que buscan el afianzamiento de los códigos de pertenencia culturales me producen risa, una risa macabra por lo irónico que resultan. Algunos de estos ritos sirven para renovar los compromisos grupales para el futuro, pero otros  simplemente se repiten mecánicamente como autómatas que deciden por las voluntades humanas. Estados alienables del homo sapiens actual. Me resulta hasta curioso que la jodida moda que se propaga tanto por las redes sociales, y empieza a hacerse epidémica en muchos ámbitos locales,  los mannequin  challenge , esté coincidiendo con ese proceso de deshumanización progresiva. Los maniquíes toman la realidad, y nos relegan a los humanos a meros pretextos, inactivos seres que sólo posan, posturean en esta sociedad del trampantojo, de la apariencia más banal y chabacana. Donde los programas de morbo reality disparan audiencias, y la televisión se ha convertido en una ventana a la realidad virtual acorde con efectos especiales de nuestro cine más 4.0
No, no creo en los deseos de fin de año, porque son como esos trastos y bártulos inútiles que se echan a un pozo airón; son demostraciones de convenciones circenses de este circo mediático y compulsivo en el que han convertido las celebraciones. Cuando a éstas se les ha privado del verdadero sentido y esencia: celebrar la vida es solidarizarse con el trabajo compartido por cada uno en pos del común, en el camino cotidiano de la realidad que tira hacia la historia de las mujeres y hombres que luchan por sus destinos, y no ponen en manos de empresas de multimedia, en cadena de consumo desbocado y en poderes políticos  títeres las esperanzas de un año mejor, mientras nos joden la vida, el trabajo como medio y no como fin,  la familia, el arte, la belleza, a Dios y la esperanza en el mañana. Sí creo que los comienzos de cada año son oportunidades para revisarnos y crecer como hombres y mujeres responsables de nuestro futuro, propietarios de nuestro libre albedrío y no maniquíes de youtube.



 César Pacheco 
1 de enero de 2017

miércoles, 28 de septiembre de 2016

EMOCIONES: SOBRE LA EXPOSICIÓN DE DIBUJOS DE JESÚS HIDALGO


“EMOCIONES” de Jesús Hidalgo: La narrativa del sueño.
Nadie dijo que escribir con pinceles fuera fácil. Hacer literatura iconográfica es una virtud de la que sólo unos pocos pueden alardear. Representar con el lápiz, sin escritura caligráfica, emociones y contarlas como si fuera un relato narrativo, un poema con múltiples matices, es arte difícil y no exento de problemas técnicos. Y no me refiero sólo a la clásica máxima “ut pictura poesis”; la obra de Jesús Hidalgo nos lleva a esa dimensión paralela a la realidad, donde conviven sin problemas las artes aderezadas con la razón, la armonía del indómito espíritu creativo con el sosegado pero firme criterio ejecutor de la técnica más depurada.
Sus dibujos nos adentran, como el mismo titula, al universo de E-M-O-C-I-O-N-E-S. Cada letra de esta palabra nos empuja a la reflexión con cada cuadro. Esos cuadros se han convertido en ventanas abiertas a la introspección de su (nuestro) subconsciente. Por ellas no introducimos como Alicia lo hizo por el hueco de aquel árbol. Pero si Caroll jugaba matemáticamente con nuestras más profundas huellas de la mente, las ilustraciones de Hidalgo, recogiendo una buena tradición pictórica y artística que se desgrana en tendencias que sería injusto nombrar pues con ello acotamos la riqueza que las sensaciones del observador puede disfrutar.
            Una rosa suspendida en la nada que invertida vierte una escalera hacia un laberinto. Sobre una tierra cuarteada con el fondo de montañas irreales se produce el leve espectáculo: el hombre atrapado por su propia telaraña. Sólo al llegar al centro podrá encontrar la escala salvadora, (¿aquella escalera de Jacob que unía esta realidad nuestra con la trascendente quizás?)
            Espiritualidad contenida en los trazos, la tenue bruma que cubre las cosas trascendentes y que solo los ojos más esenciales saben descubrir. Ese Cristo daliniano que ha bajado de la cruz, es el hombre ante sí, y ante Dios. En cuclillas reflexiona la importancia de las huellas que abajo se ven impresas en esa playa de la incertidumbre, frágil destino como ese tarro de cristal. Ese camino de pies desnudos que lleva al madero ¿es un via crucis del ser humano?
            Salta a la vista que Hidalgo no concede lugar a la gratuidad; el simbolismo y representatividad de sus figuras así lo demuestran. Están cargadas de mensajes, de una profunda reflexión humana, filosófica diría yo, que presenta al Ser y la Nada ante los desafíos del ojo actual. Pero todo ello elaborado con un discurso icónico y visual que nos cautiva los sentidos. Estos cuadros son una sinestesia continua en pos de una aprensión voraz de la Belleza. El esteticismo de su obra no se queda agazapado en un onanismo autocomplaciente, sino que emite pulsiones de instantes que captan nuestras retinas avezadas. Sólo así comprendemos, sólo así nos emocionamos con esta pléyade de joyas oníricas. Gracias Jesús por este regalo para el alma.
César Pacheco

Septiembre 2016

viernes, 1 de abril de 2016

LAS MONDAS DE TALAVERA: Desmontando mitos. La invención de la tradición

                Es sabido que cada pueblo o comunidad humana ha pretendido en determinados momentos apelar a la antigüedad de ciertas tradiciones para dar una mayor solidez a la consolidación colectiva de la identidad. Entonces se ha producido el fenómeno de la invención de la tradición, que tan bien ha analizado el historiador británico Eric Hobsbawm.  Este proceso traumático en ciertas ocasiones, repercute en una deformación del pasado y de la Historia, dotando de virtudes a comportamientos colectivos socialmente considerados, que se alejan de la veracidad y que apuestan sin embargo por adjetivar y dar contenidos a elementos y acontecimientos que jamás llegaron a tener lugar. ¿De dónde parte entonces, este empeño por falsear la Historia y con qué objetivo?
                En la Europa del Humanismo renacentista, e igualmente en España, se puso mucho interés por dilucidar la historia antigua, fundamentalmente cristiana, de las monarquías, estados, reinos y naciones, así como los núcleos locales de ciudades, villas y lugares. Los eruditos, intelectuales y representantes de la intelligentsia española por ejemplo auspiciados por una política real en tiempos de Felipe II llevaron a cabo una labor de promoción de las ciudades en este sentido. Las corografías o historias y crónicas locales eran escritas a veces por avezados eruditos, eclesiásticos o letrados, que elaboraban copiosísimas narraciones del pasado de los lugares apoyadas en voluminosas retahílas de citas de autores grecolatinos, y autores de historia eclesiástica. Todo ello para justificar la pronta aparición del cristianismo primitivo en estas tierras. Así surgían de pronto listas de mártires, obispos, obispados, reliquias, etc. y lo que la presencia de la nueva religión traía consigo: la ciudad, o el pueblo, se convertía en la Jerusalén Celeste, en la línea de las enseñanzas de San Agustín sobre la Ciudad de Dios. El fenómeno fue especialmente virulento a partir de la Reforma católica, una vez celebrado el Concilio de Trento donde la santidad y los santos fueron enaltecidos frente a las herejías protestantes.
                Es evidente que en esta producción tan prolífica de historias y crónicas locales había excepciones en las que autores con métodos más críticos y más celosos ponían en duda a tanta falsa crónica y tanta dudosa fuente historiográfica. La labor de colectivos intelectuales como los Bolandistas a partir de finales del siglo XVII fue determinante para quitar la paja del trigo, y aclarar mucho sobre el origen de cultos dudosos a santos católicos.
                Pero hay toda una corriente de erudición local que se apoya desde el siglo XVI en esta línea que desvirtúa y falsea con el ánimo de certificar antigüedad y de corroborar cosas que jamás existieron, y de más que dudosa veracidad histórica. En el caso de la historia de Talavera de la Reina, ciudad que ha contado desde entonces con numerosas obras historiográficas, lo que no deja de sorprender por la cantidad de autores dedicados a aclarar y perseverar en la antigüedad de la urbe, llegando incluso a tener más historiadores que la propia ciudad de Toledo en proporción. La construcción del discurso oficial sobre la historia de la comunidad geohistórica de Talavera está plagada de mitos y leyendas que vienen repitiéndose una y otra vez a pesar de los esfuerzos por depurarlo. Tan sólo en las últimas décadas, con la aportación de la arqueología se ha podido perfilar de manera más real y fehaciente el proceso de formación de la urbe en época romana y medieval. Antes, gran parte del discurso acerca del origen se fundamentaba en elucubraciones de falsarios medievales y modernos.
                Uno de los casos que quiero traer a colación es el de las conocidas Fiestas de las Mondas, declaradas de Interés Turístico Nacional. Por el simple hecho de que esa categoría debería obligar a los agentes políticos, culturales e intelectuales a hacer un esfuerzo por limpiar del discurso acerca del origen de las mismas todo aquello que sea invención, anacronismo, y tergiversación, desde mi experiencia en el estudio de las mentalidades de la época moderna en Talavera quiero perfilar y aclarar algunos mitos que se mantienen sin base histórica.
                En primer lugar hay que subrayar que la pretendida antigüedad a la época romana de las fiestas de las mondas es más que dudosa. Por varias razones, pero fundamentalmente porque los estudios de antropólogos o etnógrafos, como el propio Caro Baroja y González Casarrubios, que han dictaminado los paralelos existentes entre el ritual de las Mondas en el siglo XX con las fiestas grecolatinas en honor de Ceres o Deméter, las Cerealias,  se han basado en la observación de elementos integrantes del festejo que son propiamente de creación moderna. Especialmente la presencia del carrito de carneros que trae Gamonal suscitó una atractiva y sugestiva conexión del carnero como animal sacrificial en ritos romanos. Pero se da el caso que en las fuentes documentales y cronísticas que relatan el protocolo de la fiesta en los siglos XVI, XVII y XVIII no aparece este elemento hasta mediados de la decimoctava centuria. Lo que  se explica porque hasta entonces la conducción de la monda de Gamonal se hacía con un carro de bueyes propio de las comunidades agrarias circundantes de Talavera, dado que era el más común de los medios de transporte. Además que eran esos carros los que conducían la leña en uno de los días de la festividad hasta la ermita de Santa María del Prado. El cambio de bueyes a carneros debió de producirse en una etapa de escasez de aquel animal que obligó a los gamoninos a traer la ofrenda, un gran cirio, en un carro tirado por carneros, nada extraño teniendo en cuenta la existencia de grandes rebaños ovinos en la zona. De otro lado, la decoración de juncia, romero y plantas aromáticas en el citado carrito es la misma que llevaban los carros de leña tirados por bueyes cuando eran trasladados hasta el santuario ante la atenta mirada de los talaveranos de época moderna.
                Así pues, si entendemos que el carro de los carneros es una “invención” o introducción que en todo caso no va más allá que la primera mitad del siglo XVIII, no podemos apoyar en nuestro discurso histórico de la fiesta un origen romano en base a este elemento que curiosamente se ha llegado a convertir en el icono identificativo de la misma.
                Otro de los argumentos que los partidarios de la antigüedad  romana esgrimen es la misma palabra “monda” que aparece por primera vez algún acuerdo del ayuntamiento de 1509. Y si bien es cierto que el sabio profesor Baroja ya hizo una disquisición lingüística para analizar el origen de esta palabra en el neutro latino de “mundus”, asociado a las cestas de ofrendas a la diosa Ceres en las famosas fiestas de las Cerealias, (mundus cereris) no debemos olvidar que la palabra “munda” en el castellano medieval que es el que utilizan los talaveranos en el siglo XV parece más bien derivar de mundare (limpiar) que se asocia a “limpio, aseado” y con adorno elegante, así como útil del tocador de las mujeres. Quizá estemos ante un caso de vocablo cultista derivado del latín que significa un objeto –ofrenda- con un valor simbólico de pureza, como era el caso de las ofrendas de cera que era fundamentalmente lo que se daba en el festejo al santuario de la Virgen del Prado.
                Por otro lado, poco o nada sabemos del culto a Ceres en época romana en Caesarobriga; no hay rastro epigráfico de la misma, si bien otras deidades como Júpiter o Hércules o Venus si lo tuvieron. Pero en todo caso no podemos asegurar en absoluto que en el Prado hubiera un templo dedicado a una deidad de estas características. Y la confluencia de las fechas de celebración en primavera, en torno al mes de abril, de las Mondas al igual que las Cerealias no puede servir de argumento para justificar la romanidad, sobre todo porque en la Edad Media muchas fiestas relacionadas con María y el renacer de los frutos y la naturaleza se perfilan a partir de la consolidación de los concejos. Como luego veremos.
                Una de las falsedades históricas más aberrantes, y asombrosamente mantenida en la historia de las fiestas, es el asunto del regalo del rey visigodo Liuva II de la antigua imagen mariana a Talavera en el año 602. Al margen de la presencia del culto a María en la España visigoda y los esfuerzos que figuras intelectuales y teológicas como San Ildefonso de Toledo hicieron por asentar su devoción en nuestra zona, en absoluto tenemos datos veraces que nos puedan hacer pensar que se construyera un santuario mariano en época visigoda católica en Talavera. La noticia de Liuva tuvo su origen en el relato que el jesuita Francisco de Portocarrero, seguidor del famoso padre Jerónimo Román de la Higuera, autor y divulgador de muchos falsos cronicones, que en su Libro de la Descensión de Nuestra Señora a la Santa Iglesia de Toledo (1616) había reflejado. Aquí Portocarrero recogía los argumentos de un legendario y ficticio arcipreste de la iglesia de Santa Justa de Toledo, llamado Julián Pérez que había escrito una obra sobre las Ermitas de España, y hablando de la de Talavera aseguraba que el monarca visigodo la había regalado a los elborenses (de Elbora, nombre de Talavera en época visigoda) y había cambiado el culto pagano a las deidades femeninas por el de Santa María del Prado. Lógicamente, el relato, y el estilo narrativo, son propios de las corografías del siglo XVI y XVII donde las referencias a la antigüedad pagana y el triunfo del cristianismo están presentes por influjo directo de la mentalidad contrarreformista. Luego si no podemos dar crédito alguno a un falso cronista como Julián Pérez, tampoco podemos fiarnos de la veracidad de estas fuentes para apoyar la antigüedad visigoda del culto a Santa María del Prado, por más que por historia comparada podamos admitir como posible una devoción mariana en el cristianismo tardoantiguo en Elbora.
                ¿Cuándo hemos entonces de fijar el origen constatado de un culto a María en el Prado y el de la fiesta de Mondas? Todo parece indicar que estamos ante una instauración de un culto mariano propio del siglo XII y XIII, época eminentemente de propagación de la devoción a María en occidente. Además coincidiría con la etapa de cristianización de la topografía urbana de Talavera, tras la ocupación islámica entre el 712 y el 1085/1086. Los repobladores castellanos y la comunidad mozárabe tuvieron la necesidad de fijar un referente mariano como seña de identidad local. Y a su vez, concretar físicamente un espacio sagrado para su culto en una zona vinculada a la gentilidad y lo pagano, como eran los extramuros del Prado, donde según nuestra opinión, había existido un oratorio musulmán.
                Ese primer santuario a la Virgen debió de ser obra de los devotos cristianos castellanos que traían una larga tradición de santuarios marianos en las tierras de Castilla y León.            De otro lado, en las fuentes tardías medievales, las primeras alusiones que tenemos a la fiesta se refieren a ella como la fiesta de los Toros, y más tarde como Fiesta de los Desposorios de la Virgen Santa María y San José.  En realidad son dos fiestas diferentes según se deriva del estudio de las ordenanzas de 1515 que es cuando los cabildos de curas, clérigos de la Colegial y el ayuntamiento estipulan y regulan el orden y protocolo de las fiestas. Una de ellas era la “fiesta de los toros” y la otra las ofrendas a Santa María del Prado llevando los carros de leña y las mondas u ofrendas de cera.
                Así pues, estamos ante un caso de festejos que tienen como coordenadas espacio temporales la consolidación del concejo talaverano en la Plena Edad Media (siglos XII-XIII) y su desarrollo en la Baja (ss. XIV-XV). En ese largo período es donde las gentes y generaciones de talaveranos fueron abonando el ritual de veneración y devoción a la imagen de Santa María del Prado que se convirtió además en el icono identitario de una comunidad de villa y tierra, supeditando cualquier otra devoción de carácter local de la antigua tierra de Talavera, a ésta del Prado en tanto que la villa era la cabeza regidora, feudal, del territorio. Esto explicaría la obligación de los pueblos y aldeas de colaborar en la recogida de leña y en la ofrenda de cera. Precisamente ésta alcanza desde el siglo XIII, en nuestra zona, una enorme importancia, conjuntamente con la miel, como productos derivados de la apicultura, actividad que generó una transformación trascendental en el paisaje rústico talaverano, especialmente la Jara, con la presencia de las posadas de colmenas. Su explotación y vigilancia de hecho generó la creación de la Santa Hermandad Vieja de Talavera, para control de los caminos y despoblados a iniciativa de los propietarios de posadas, que en su mayor parte eran miembros de las oligarquías locales. Así pues, la cera, como elemento indispensable para la iluminación, fundamentalmente litúrgica, junto con el aceite, se convierte en un preciado elemento de ofrenda y alcanza su estatus “sagrado” cuando va destinado a santuarios como el de la Virgen del Prado.
                Dado que no es la ocasión de hacer un extenso alegato para demostrar con más argumentos las debilidades del aparato discursivo de la fiesta de las Mondas tal y como se ha fijado oficialmente, y teniendo en cuenta que muchos de los elementos del ritual se apoyan en falsedades históricas o en invenciones sincrónicas determinadas que no pueden en ningún caso justificar una antigüedad más allá del siglo XII, exhorto a hacer una reflexión y cuidada investigación multidisciplinar en Talavera para aclarar el origen de tan importante e interesante fiesta. Al fin y al cabo, las Mondas es la fiesta principal de la comunidad talaverana y creo sinceramente que la ciudad y sus gentes se lo merecen por justicia histórica.

                César Pacheco
Mondas 2016
               


miércoles, 18 de marzo de 2015

EL LOCO DE LA CALLE 


-He encontrado un tesoro! ¡He encontrado un tesoro!- gritaba aquel hombre en medio de la calle, mientras sombras de ciudadanos discurrían en silencio por aceras de manteca y cacahuete. Sólo un gato, sentado plácidamente en la ventana de un tercer piso, lo observaba con estoica indiferencia, ajeno quizá al drama que la ciudad estaba viviendo. Con sus grandes ojos felinos escudriñaba sin mucho más interés a aquella  figura inquieta, desnortada, que corría de un lado para otro, gritando esa frase que él no entendía. El extraño personaje iba cubierto en una funda gris que parecía un abrigo de esos largos que a veces salían en el televisor de su ama; botas raídas por el tiempo y el asfalto, pelo desaliñado y ensortijado con una generosa película de polvo y grasa. Todo ello rezumaba en él simpatía suburbana. 
El felino se acordó de sus años en los suburbios de la Gran Ciudad, cuando se hacía duro buscar entre los cubos de desperdicios del resacón consumista las sobras comestibles, a veces tan indigestas, que un soñoliento empleado de restaurante arrojaba cada atardecer. Cientos de gatos, entonces, salían al rebusco, a participar en esa maravillosa operación para transformar la noche en lugar para los excluidos, para los noctívagos del sistema. Recordaba, ahora, desde su atalaya privilegiada de un gato casero, confortable en su diván, que en cierta ocasión vio a un tipo similar a éste, gritando en plena avenida, húmeda como el sudor de un jornalero, diciendo palabras muy parecidas.  
Un tesoro, ¿qué era un tesoro?. Los viandantes urbanos iban y venían, pero a pesar de lo evidente que era su presencia, en medio de la calzada, pasando los autos por su lado, como máquinas autómatas sin vida ni razón. Toda la maquinaria de la ciudad se movía, bien engrasada, los coches, las gentes, los pájaros, los vientos,... pero nada estaba vivo. Eran figuras muertas, en un patético holograma irreal. Nadie, excepto el gato, reparaba en aquel hombre gritando. Vociferando alto y fuerte que había encontrado un tesoro. En otras circunstancias, la palabra tesoro habría llamado inmediatamente la atención de cuantos pasaran por el lugar. Sólo por la curiosidad de saber si el loco de la calle decía algo de verdad. 
Nadie decía nada, nadie miraba nada, nadie sentía nada. Sólo un gato, sentado en una ventana se preguntaba ¿qué habrá sido de aquellos humanos que tenían ambición, vida y curiosidad? El pobre loco de la avenida cansado ya de gritar lo extraordinario, se limitó a contar pájaros y farolas, y en ese momento todo el mundo volvió su mirada hacia él. Y el viento se hizo eco de sus cuentas y lo prendieron por alterar el orden público. Mientras se lo llevaban a un lugar sin eco, ni palabras, el extraño transeúnte cantaba con voz clara: "Mañana habrá mas de cinco mil pájaros y 300 farolas, vosotros las veréis como yo, pero ninguno tendrá mi tesoro".
El gato se durmió sobre el cojín de conformidades vanas. 

CAESAR
Marzo 2015

viernes, 21 de noviembre de 2014


La camisa blanca de la esperanza 

Encerrado en un crisol de pensamientos  el anciano se sacude el polvo de la desidia. Dos  policías arrastran a un activista que reclama con voz estridente una justicia que nunca llega. Mientras en un bar próximo, entre nubes de lo cotidiano y lo grasiento, tres parroquianos escuchan como autómatas el televisor de plasma, donde se ha plasmado el mismo argumento político de los últimos tiempos. Un señor de corbata y trajeado declama intenciones de mejorar el estado de los españoles, y a continuación, un nuevo caso de corrupción. Un intrépido gestor de la res pública ha sido pillado in fraganti cuando trataba de deshacerse de cientos de documentos que le inculpaban.
Las noticias se han convertido en un rosario monótono, letanía de despropósitos de este corral de pícaros, sanchescos estómagos que medraban a la luz del día y en el hospicio de la noche oculta. Los quijotes están en las calles organizando asambleas  con ciudadanos que no llegan a fin de mes y viven del cuéntame y el “qué te contaré que no sepas”, y los famosos se revuelven en su excrementicia vanidad al tiempo que algunos preparan barbacoas, saraos y fiestas de lujo, y otros se enfundan la ropa de presidiarios, pero eso sí con un gran coro de palmeros mediáticos para que quede claro a dónde vamos.

Y el país agoniza entre desahucios a ancianas, informes de capital acumulativo, desconcierto en la banca si no gana, un juego del escondite entre las dos cabezas de león del congreso para ver quién de los dos es menos corrupto, mareas de esperanza en el paraíso alternativo que chocan con la barreras de la inercia de la España de la marcha atrás. La camisa blanca de la esperanza  ibérica se ha manchado de tinta… ¿de qué color es? Sólo el demiurgo de la aurora lo sabe.
CAESAR
Noviembre 2014